Periódico de Calaveritas en Zaachila

Una tradición oaxaqueña que difícilmente encontrará el lector en libros o guías turísticas es la de las calaveritas o versos picosos de Zaachila. En todo México conocemos estas pícaras rimas que hacen alusión a diferentes personajes de la vida pública del país.

En zaachila, la tradición va más allá; durante el Día de Muertos, se escuchan altavoces que anuncian un atípico periódico: Las calaveras de Zaachila.

Sólo durante tan magna celebración circula dicho periódico, tan singular, que llama la atención. El carro con los altavoces se pasea por la villa gritando al aire su propaganda. La gente lo espera con ansia y regocijo.

Secretos y verdades de los habitantes

Como en el libro La Mala Hora de García Márquez, donde se distribuye un panfleto con chismes, secretos y verdades de los habitantes, pero sin las consecuencias nefastas del libro, en Zaachila se vende este periódico con calaveritas dedicadas a las personalidades de la villa o a gente que por algún motivo dio de qué hablar durante el año. Así, unas pueden ser inofensivas y cómicas, y otras más divertidas y soaces. Muy pocas personas se molestan con estas calaveritas y nunca han dado pie a confirmados pleitos o trifulcas, más bien, es una edición que acompaña la ya conocida picardía oaxaqueña hacia la muerte. Son una parodia de sus habitantes que las escuchan entre risas y curiosidad.

Se dan a conocer divorcios, resbalones políticos y religiosos, noviazgos, logros, éxitos, compromisos, embarazos y hasta resultados del fútbol local. En forma de broma, estas rimas son el deleite de propios que a la vez se cuidan de no “regarla” durante los meses previos, ya que serán “balconeados” en el periódico.

Un trágico desenlace

Se cuenta que hace mucho tiempo un joven que deseaba con ansias a una bella dama, y al no verse correspondido, la difamó públicamente. El joven, arrepentido, fue a confesarse a la iglesia. El párroco le pidió que le llevara una cubeta repleta de plumas blancas. El confesado, intrigado, se cuestionó de los motivos del cura para hacer aquello. Recolectó las plumas blancas y las llevó a la iglesia. El cura le pidió que lo acompañara a la torre del campanario. Ahí vertió el contenido al aire. Las plumas se esparcieron por la comunidad en esa tarde ventosa y fresca. Acto seguido, pidió al penitente que recogiera todas y cada una de las plumas. Aunque más extrañado que nunca, el penitente no hizo más que obedecer. Las plumas quedaron esparcidas por doquier, regadas en patios de casas, atoradas en techos y ramas de árboles, barridas por el viento y pisoteadas por el transporte local. Sin mucha esperanza, el joven intentó recolectarlas de nuevo. Sólo logró llenar media cubeta, la cual llevó al cura. El cura le explicó que éso era lo que había hecho a la muchacha; había regado su honra y ahora ella no podía resarcirla. Se dice que no pudo con el remordimiento y se suicidó arrojándose de la torre de la iglesia.

Aunque son sólo versiones no confirmadas, se cree que fue en una de esas calaveritas que el enamorado y despechado joven, difamó a su amada y al no ser correspondido actuó de forma dolosa.

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